2 de noviembre de 2010

Fénix no baja

Lo eterno terrenal no está bueno. Por un lado, no existe ningún caso particular para tomar como ejemplo más allá de las imágenes imperecederas y cambiantes de algunos hombres que fallecieron al generarlas.
La existencia terrenal ha sido así mil veces catalogada como breve, atada a lo concreto. La existencia, lo pasado e irreversible se transparentó mil veces en único, en huella, en cadena de actos que definen a los sujetos. La experiencia de alguien dotado de un saber, un conocer o un existir eterno o total no puede ser menos que inconcebible.
Por ello la figura mitológico-simbólico del fénix es lo más cercano y abstracto que se puede utilizar para ilustrar la posible experiencia de algo eterno, en este caso de un existir.

El fénix está condenado a la eternidad. Su única regla es existir, ocurra lo que ocurra. Su único poder, estrategia, objetivo, parecería ser vivir, sacar de sus restos un ser idéntico a sí mismo. Es negar la inexistencia y esquivar la muerte porque sí, convertir las cenizas en esperanza y viceversa.
Ethan Hunt tiene el objetivo de esquivar la muerte, es su mandato principal, el supuesto básico de su heroicidad; lo hace, sin embargo, para poder recuperar el virus Chimera de las manos de la sedienta de dinero y muerte Biociye Pharmaceuticals. Tiene su misión, la cual necesita miles de acciones cargadas de riesgo para cumplirse; es re bueno y re lindo y tiene que salvarnos a todos, ponerse en riesgo a cada instante, recibir lluvias de balas, exponerse y esconderse para fundir en cámara lo que un buen agente debe hacer, por lo cual le es menester, obviamente, estar vivo. Además tiene una minita. Con James Bond pasa lo mismo. Pero se hacen pelis sobre ellos. Porque su principal objetivo –que se pone en riesgo a cada momento- es vivir.
Y explotan autos, se caen de aviones prontos a estrellarse,  huyen de helicópteros, se exponen a virus re locos y a tiros y traficantes gordos con grandes matones: Todo ello nos mantiene con la angustiosa expectativa de que el soplo vital y los abdominales de Tom Cruise desaparezcan de pronto y muramos todos infectados cruelmente cuando el mal y la destrucción reinen el mundo.
Y es que el mal es inmortal, hasta que llega nuestro David en HD munido de pistolas silenciadas para enfrentar a un Goliat aliado con el gobierno coreano. Este David (Jack Bauer, Michael Scofield, John Rambo) no pueden morir. No pueden pero podrían, sobre todo si sus misiones menos arriesgadas implican batallas campales que terminan con camiones de combustible fuera de control.
Pero ¿Alguien puede imaginarse una película más aburrida que una en la cual el personaje principal tiene la existencia asegurada, cuyo poder se hace igual al del personaje rival por su derecho a la eternidad? ¿Alguien que por más locuras que haga, por menos armas y más huevos que tenga nunca va a salir destruido de una base militar checoslovaca? O peor aún, ¿alguien que de tan inútil que es muera torpemente a cada instante durante dos horas?

Desde un punto de vista más metafísico, el pobre fénix se encuentra siempre ante la inexorable presencia de sí mismo. Su cambio es imposible, o por lo menos la infinidad de cambios que realice durante su vida terminan anulándose unos a otros, por breves, inestables o prolongados. Sin contar con que nadie puede realmente apreciar la evolución de este ser, cuyo tiempo transcurre más lentamente que el de un mortal.
Esencialmente, él siempre es el mismo, interiormente nunca deja de reconocerse, de saber todo lo que sabe, de pensar lo que piensa (si su conocimiento fuere acumulativo). Aun con esquizofrenia, la constante recuperación de todas sus personalidades en su resurrección lo llevaría a la conclusión de que es uno solo al fin y al cabo, o pasaría a reconocer todos sus desdoblamientos, por ser todos de la misma edad que él. Además, seamos sinceros, ¿cuánto puede llegar a pensar un pájaro?
Destinado al cambio perpetuo o a la permanencia más inmóvil, este pájaro vaga entre las dos opciones llevando a rastras su persona luego de la muerte, siendo siempre él y él, antes y después de la defunción, antes y después de su nacimiento. Lo único que permanece es él, su cosmovisión, su posición en el mundo, más allá de toda alteración externa.

Hay del mismo modo una doble condena que acarrea este ser. La rutinización y el hartazgo. Una conlleva la sapiencia y la predicción acumulativas –pérdida del descubrimiento- y el otro la constante satisfacción y progresiva indiferencia –pérdida del gusto.
Con el tiempo la experiencia muestra un acostumbramiento o asimilación del ambiente y saberes terrenales prácticos; llevan a ciertas conclusiones con función de predicciones que se tornan cada vez más y más abstractas, totalizadoras y en fin, inalterables, que se transforman finalmente en leyes (el 126 no pasa después de las 12 de la noche, si llueve llevo paraguas, la discografía de los Beatles dura 13,1 horas). Todos estos procesos nunca terminan de cuajar o ser verdaderas, y que en su acumulación encierran y moldean un falso conocimiento del mundo que termina siendo rutina pura, experiencia enlistada y nada más. Hechos y no verdades. Esto es lo que genera finalmente una existencia ininterrumpida en la Tierra. Y nadie quiere ser una enciclopedia de lo cambiante.
Y sumado a esto, por más que nuestro fénix se haya leído la obra completa de Shakespeare, Poe, haya escuchado la discografía de Zappa, Sigur Rós y Metallica, haya visto todas las pelis de Coppola, la serie Saw y todas las de Star Wars, todo su afán de conocimiento y su buen gusto se transforman, tras infinitos cambios y acaparamientos, en un “es todo igual”, en un gusto que abarca todo y aprecia todo por igual o todo lo contrario. El gusto se allana, las preferencias se postergan, se agolpan unas contra otras, se contradicen. Y se llega de nuevo a conocimiento inerte, gana la desazón y la poca voluntad de buscar algo nuevo.

Es así que el fénix perfecto no puede ser un buen músico, ni un lector ávido, ni un obsesivo-compuslivo, ni un superérhoe. No debe ser nada, no debe desear conocer nada porque nunca llegará al conocimiento inmutable, etéreo, consolidado; jamás conocerá lo primordial porque vive en un ámbito de inconstancias y contradicciones. Lo divino es eterno, pero porque se encuentra en un ámbito no desarticulado y porque tiene un fin en sí, es necesario en tanto ordenador y creador (en algunos monoteísmos por lo menos). Lo terrenal lo necesita y necesita su trascendentalidad y su promesa de verdad. Su utilidad lo exime de existir aquí y ahora, no tiene nada que hacer ni conocer aquí pues es la causa de la existencia de este aquí.
Pero el pobre y concreto fénix tiene la desventaja de ser un eterno devenir. Nunca va a alcanzar el mundo de las ideas por su condición reencarnatoria (?); su destino está aquí, en el bullicio y la violencia. Lástima.

Y nos ponemos humanistas al pensar en el momento por excelencia definitorio del fénix: la muerte y resurrección.
No es lindo morir. Pero él lo hace todo el tiempo, a modo de testigo perpetuo. Debe conocer, por lo tanto, la causa y razón de su deceso o asesinato. Al contemplar a su(s) asesino(s) y odiarlo(s) una y mil veces pasan por su mente las razones más nobles y más mezquinas (“Muero contento, hemos batido al enemigo”, “¿Tú también, hijo mio?”). Su destino es siempre el mismo, no obstante: regresar, volver luego de lo peor, del momento más terrible, de la situación más degradante. Debe ser comparable a la sensación de vomitar.
Siempre está ahí cuando se pudre todo. Testigo final del apocalipsis personal y universal , creador o responsable de sus mil muertes, es un condenado consciente. ¿Y quién elegiría vivir luego de haber experimentado un terremoto? ¿Quién desearía reencarnar luego de la más prolongada vejez? ¿Quién elegiría morir de nuevo? Walt Disney, qué equivocado estás.

Y para finalizar, elijo el caso del Centro Atlético Fénix de Uruguay (¿Cómo será un fénix uruguayo?).
Se trata de un club de fútbol que está por cumplir sus noventa y cuatro años. Su historia se remonta a 1916, cuando luego de haber quebrado Deportivo Guaraní, en el barrio montevideano de Capurro, un grupo de muchachos decidió hacer un club de fútbol nuevo y tomando como inspiración al anterior equipo decidieron nombrarlo como al ave mitológica, resurgente de las cenizas acumuladas en la esquina de Coraceros y Capurro y anidante en Capurro y Presidente Rossi, unas cuadras para allá.
Es un club muy pequeño. Roza el amateurismo. Y justamente por ello es dueño de una envidiable mística, tan hermosa como microscópica. “LUZBELITO ES DE FÉNIX”, "FÉNIX MUGRIENTO".
Se encuentra todos los principios de campeonato entre el final de la tabla de primera división y los primeros puestos del Ascenso, ascendiendo y descendiendo constantemente. Renaciendo, sí.
Sus propios hinchas, tan sagaces como razonables, han creado un canto que dice “Fénix no baja” para expresar su ferviente deseo de pelear por lo menos un decimoquinto puesto (o bien de no tener que sufrir el ascenso por decimoquinta vez). Y tanto es así que solo una vez el club estuvo encima del quinto puesto de la primera división. Jugando una única, heroica (y por lo tanto trágica) Copa Sudamericana. ¿Y quién se acuerda? Solo sus incondicionales y estoicos hinchas, atados al amor más profundo, la esperanza más humilde y llevados por la pasión más indecible.
Estos hinchas han ya interiorizado la muerte y resurrección de una manera parecida a nuestro fénix inicial. Se han unido hasta tal punto entre sí (hay que AMAR realmente a un club de estas características) que se deben conocer todos; históricos algunos, hijos de ellos otros, deben poder contarse con las manos de un colectivo medio vacío. Son ya parte del mismo organismo pasional y afectivo. Son parte del fénix que el escudo de su club retrata. Y con él sufren y soportan el trágico destino que el nombre le ha puesto a su asociación deportiva; pero no tienen otra, no se van a ir a hacer hinchas del Bolso, esos putos caretas que no sienten la camiseta. Ellos ya son el fénix, sin saberlo.



Y dice Jaime Roos:

Tal Vez Cheché

Alla en el cielo te están llamando
Y en una de esas lo vas a oir.
Alla en el suelo te están buscando
Y en una de esas vas a morir.

Tal vez Cheché.
Te digo che.

Alla en el viento te estás buscando,
Y en una de esas anunciarán
Que el jugador seguira en el campo
Aunque sus alas no quieran más.

Tal ves Cheché.
Te digo che.

Y cuando nadie recuerde tu alma,
Cuando se incendie una catedral,
Manos de fuego abriran tus alas
Y tu graznido renacerá.

Tal vez Cheché.
Te digo che

Fenix. Fenix. Fenix.
No baja

12 de octubre de 2010

Somos fantasmas peléandole al viento

Recién el lunes pasado sentí por primera vez una utilidad en mi existencia laboral. Pude ver la funcionalidad que puede llegar a tener y la importancia de mi papel.

Básicamente mi trabajo consiste en ser un delivery boy de papeles y facturas que dos veces a la semana hace “Tribunales” –es decir, viajar hasta retiro para anotar los avances de varios juicios en fichas rigurosamente ordenadas, caminando a velocidades astrales por pisos y juzgados equidistantes en abierta lucha contra el reloj, ya que 11:30 te piden credencial de Abogado-.

Cadete soy. La unidad más funcional del aparato productivo, soy el último eslabón de una cadena comunicacional heredera de lo que en algún momento constituyó menasjería (o correo), que a causa de la posmodernidad se desglosó, metamorfoseó e innovó adaptándose histórica y geográficamente al ritmo del ya consolidado capitalismo corporativo.

En realidad mi gran papel laboral se vio consumado cuando me dieron una diligencia  que hubo de hacerse en el menor tiempo posible siguiendo un recorrido riguroso por el últimamente quemante cemento citadino en un orden inalterable, con plazos, esperas y obstáculos varios cuyo destino final era entregarle un papel determinado a una persona determinada cuyo plazo eran las doce y media del mediodía. Llegué a tiempo y satisfactoriamente.

Hagamos un pequeño repaso de mis ancestros laborales.

I - Hermes
El patrón de los atletas. El cuidador de los viajeros y los pasajeros hacia el inframundo. El prudente y diplomático dios griego se ocupaba de cruzar las fronteras hacia lo desconocido (de ahí viene la palabra ‘hermenéutica’, la ciencia de la interpretación) y de atender a los ladrones en su peligrosa labor.

De gran elocuencia, fue Hermes designado con la función de mensajero divino por Zeus, quien fue el que más lo solicitó en sus funciones. Además de mensajero era auriga (conductor de carros) e inventor y patrón de la lucha y las carreras. Es decir, cumplía funciones laborales extracurriculares y no podía dedicarse a la música (había inventado la lira y la siringa –flauta de pan, atribuida también a su hijo-semidiós Pan-), como me ocurre a mí.

Además debió matar un par de monstruos por encargo del Intendente Olímpico Zeus, fue despreciado por Apolo, fue acusado de ladrón, etc. Esto ocurre porque era un dios pagano, en cierto modo. Un dios de lo terrenal, al especializarse en el comercio, el correo y la comunicación. Velaba por los caminantes y los perdidos y regía las ganancias comerciales, convirtiéndose en un amigo de los hombres. Claro que esto siempre es devaluado en el mercado de valores divino, y nunca se lo ve poseedor de más bienes que su casco de ala completa (estilo vaquero, para protegerse del sol y las lluvias), su vara que lo distinguía como mensajero y sus sandalias (a veces casco o sandalias poseían alitas, pero era una mera decoración funcional homologable a pensar que un empleado del correo es más ‘bello’ por usar bicicleta o patines, algo que sólo lo hace hacer su trabajo más rápidamente). Es un dios casi anónimo, del que seguro se decía “Che, lo ví a Hermes la otra vez, me lo crucé por acá nomás” “¿Y cómo anda?” “Bien, bien, se lo veía bien, un poco cansado; igual no se pudo quedar mucho tiempo porque tenía que arrancarle el secreto a Prometeo, que está encadenado re lejos de acá” “Pobre, siempre con laburo el pibe” “Sí, sí”.

Por lo demás, se ocupaba de comunicar las numerosas injurias y chismes entre sus jefes sobrehumanos de facto – no pudiendo cuestionarlos ni evitarlos- y cumplir sus más lejanas u horrorosas órdenes, que implicaban quizá increpar algún lejano monstruo o recorrer interminables planicies en total soledad.

II - El Chasqui
Los mejores en el rubro, sin duda alguna. Corredores profesionales, jóvenes incansables sorteadores de los más profundos y elementales peligros de los vírgenes montes, montañas y yungas precolombinos, se dedicaban a transportar mensajes y noticias esquivando salteadores, desbordes y lluvias peruanas (que créanme, CRÉANME, pueden llegar a ser terribles entre septiembre y marzo, si no http://www.cadena3.com/contenido/2010/01/26/46025.asp). Los “conquistados” caminos incas (Inca Roads - http://www.youtube.com/watch?v=Kg6X2hsl52E) eran al fin y al cabo cuales Vias romanas, es decir, estrechos e irregulares caminos empedrados que ante ligeras humedades se tornan peligrosamente resbalosos, son fácilmente destructibles, se embarran o recalientan ante el mínimo cambio de tiempo (yo los ví).

Su tarea era correr lo más rápido posible entre una posta y la final, donde lo esperaba un compañero a quien debía comunicarle la noticia, que a su vez hacía lo mismo hasta llegar a destino. Las postas tenían techo, paredes y alimentos para que el recién llegado pudiera reponerse.

Eran mensajeros de lo oscuro. El imperio Inca, con su faceta “earth friendly” y ensalzamiento cultural en contraposición simplista constante con los brutos e impresentables españoles, que de bueno tampoco tenían mucho –en resumen eran grupos de analfabetos y presos de todo tipo dirigidos por segundones más brutos que ellos cuya última esperanza era hacerse de un terreno en América-, nunca fue correctamente valorado como sistema político y maquinaria estatal inoxidable altamente racional. Prácticamente su crecimiento y conquista se basó en la generación espontánea de impuestos respecto a pueblos lindantes a su territorio y la construcción de caminos sobre los cuales crecientes peajes se aplicaban. El reciente (y por demás breve) Imperio creó a la par un sistema tributario complejísimo que estableció y consolidó tanto su poderío económico como centralización política de la manera más pacífica que existe hasta ahora: la extorsión económica.

Su crecimiento está íntimamente relacionado con la generación de una burocracia lógica, cerrada, impersonal, concreta y zonalmente organizada (se elegía en general gente perteneciente al pueblo anexado) y un sistema contable (los increíbles y hermosos qipus y sus calculadores qipukamayoc) creciente en complejidad. Acompañado, todo esto, con espaciosa tolerancia religiosa y sincretismos varios (lo que les interesaba el intercambio pacífico, las mitas y el comercio; la guerra no tanto, obvio que dependía del Inca regente, sobre todo cuando se hablaba de expandir el Imperio o conseguir salida al mar o cierto tipo de alimento). Pero nada de esto sería posible sin el establecimiento de una red amplia y eficiente de comunicación y comunicadores (acá es que entro yo).

Los chasquis se ocupaban en general de comunicar mitas (trabajos interlocales, suerte de impuesto pagado en trabajo que implicaban traslación de familias enteras hacia otros pueblos con el fin de difuminar las lealtades y cohesiones internas), reclutamiento de vírgenes para la recién inaugurada Isla Del Sol o bien noticias entre burócratas (Wikipedia dice que también llevaban el pescado para el Inca desde la costa hasta Cusco sin que se pudriera).

Nunca pudieron ser vistos con buenos ojos: del lado del pueblo a informar eran extraños totales, miembros de un aparataje político-aldea vecina desconocida y arbitraria que se ocupaba de reclutar vecinos para traer otros nuevos; del lado imperial eran los engranajes más baratos e intercambiables del sistema de circulación de órdenes  y resoluciones imperiales creadas por terceros y para terceros. Nunca conocían al destinatario y nunca veían al remitente. Simples e-mails con pies.

III – Pony Express
Su breve vida no deja de ser un testimonio del sacrificio del mensajero. Entre 1860 y 1861, ya trasladados a Norteamérica, funciona esta innovadora institución de correo.

 Arizona, Oklahoma, Nevada, Utah eran en esos años poco más que eternos mediodías dorados por las infernales arenas, guarecedoras de serpientes de cascabel y alacranes de colores varios. Sin mucho más que un caballo transitorio y liviano, un bolso con la encomienda, un sombrero de ala completa y un seis-tiros, el polvoriento y sudoroso jinete del Pony Express cabalgaba uniendo la inmensidad desconocida de los vacíos estados del Oeste (frecuentando penales federales, ayuntamientos inhóspitos, oficinas de ferrocarril) con el blanco y brillante congreso de Washington DC. Cada diez millas cambiaba su caballo en una posta (al igual que el chasqui, solo que el jinete seguía viajando) uniendo Saint Joseph, Missouri con Sacramento, California en el módico tiempo de diez días completos (hay que pensar que eran casi cuatro mil kilómetros de casi desierto total).

Calor y cansancio eran los comodines de estos sacrificados cincuenta jinetes del servicio postal quizá más eficiente de la era industrial, que a pulmón competía con las diligencias de la Wells Fargo & Co (aparecidas cerca de 1855) y el Telégrafo, causa de su muerte final (unió este el Oeste con el Este en 1861, dando un hachazo al correo equino). Los jinetes se ganaban el pan como colectiveros en la nada. Sin radio, anteojos oscuros, ventilador o kioscos ocasionales que valieran, soportaban asaltos de “desperados” y las penurias del camino como hebreos en el éxodo.

Su función consistía en llevar comunicados oficiales y no tan oficiales devorándose millas y millas de nada absoluta con también absoluta soledad esperando vislumbrar la salvadora posta donde picar algo al paso. La contemporánea Wells Fargo corría de local por contar con diligencias rojas muy lindas con jinete, custodio y pasajeros y transportar generalmente grandes cantidades de caudales y oro minero: tenían rutas predefinidas y contaban con las patrullas salvadoras de los puestos de caballería. Mucho menos penoso, hay que decirlo. Pero pensándolo mejor habría que preguntarle a los pobres conductores que se comían decenas de horas hostigando sus caballos bajo el mismo sol del Pony Express, a tiro perfecto de apaches, pies negros, sioux y “desperados”.

El Pacífico costaba caro en esos años.

IV – El cadete y la posmodernidad

El cadete es eso. Un viajero furtivo y espontáneo de corta ruta. Una maquinaria periférica de algún estudio jurídico/arquitectónico/contable/gran compañía/etc en la selva de cemento, comunicando entes impersonales con su bici y su bolsita de Don Satur ocasionales, sin más equipaje que sus monedas. Es un Hermes bondi-dependiente.

Ha llegado a ser nada, un alguien que comunica algo a alguien a quien nunca conocerá. Paga facturas. Ni siquiera es productivo; es el colmo de la tercerización de la producción y el trabajo. No entrega pizza, ni comunica nuevos impuestos en el Valle del Inca, no es saludado por pares. No tiene oficina ni gremio.
Sin embargo es el elemento más importante. Es el fármaco contra el siempre latente dáimon de la entropía comunicacional humana. Su entidad insignificante pero constante en el tiempo y constante en su trabajo lo recuerda constantemente. La humanidad, en su afán de crear una red comunicacional global, unviersal  y perfecta está condenada al fracaso. La fragilidad de los medios comunicativos hoy, sumado a la distancia cada vez creciente entre factores comunicativos y la variedad de códigos crea una atomización de la palabra y el notificar más grande que en otros tiempos, ya que la comunicación es un acto propiamente humano y voluntario, que utiliza energía para entrar en contacto con otro. El cadete ha reemplazado esa energía totalmente voluntaria por viajes y traslado de documentación.

La desconexión espacial tan grande de la historia de la humanidad, ese retardo ineludible en la mensajería y los viajes entre ciudades, la tardanza, sólo se pudo eludir con el telégrafo en 1838 y el ferrocarril también por esos años. La distancia siempre existe, sólo la rapidez mediante prótesis nos hace pensar lo contrario. Las voluntades nunca cambiarán; las intenciones y quienes están detrás de los mensajes difícilmente pueden cambiar. Y los que realmente tienen voluntad en concretar la comunicación son los más poderosos (el Imperio con el Chasqui, el Congreso con el Telégrafo y el Pony Express, los grandes bancos con la Wells Fargo, el Estado Norteamericano con el Apollo XI, los caballeros medievales con sus Heraldos y Caballeros, etc.) o los que realmente necesitan a su destinatario (cartas amorosas, facturas a pagar, Postales del otro lado del mundo, poemas declamatorios), los que hablan de igual a igual.

Pero quien realmente aprecia a su destinatario no se preocupa de la sincronización perfecta de envío de mensaje y recepción porque sabe que el otro le va a responder; lo que le interesa en general es concretar la comunicación como sea o poder tener al otro cerca en algún momento venidero. El telégrafo, en cambio, es quien te ASEGURA que realmente hay otro animado del otro lado de la tierra, del hilo telegráfico, porque realmente no se sabe quién es ese otro o no interesa esencialmente: interesa su notificación y respuesta lo más rápido posible, con fines ulteriores (esperar la confirmación de órdenes, recibir una nota de un examen): lo que importa es el mensaje en sí, no sus consecuencias, su futuro, su significado. El telégrafo es el primero mensajero que salva al mundo de la incomunicación total a la que está predestinado.

Y crecen, a partir de él, en complejidad, los mecanismos de sincronización comunicativa, los mecanismos de mejora del canal comunicativo (en comodidad y eficiencia), permaneciendo el código inalterable: se maquiniza e invierte en el correo, se crea el barco a vapor, el papel ultraliviano, la máquina de escribir, la imprenta se vuelve más barata, se inventa el teléfono, la fotocopia, el avión, el automóvil, la radio y la televisión, la impresora, la computadora personal, el scanner, y con ellos Internet (1991), ICQ (1998), Windows Messenger (2001), Fotolog (2003), Skype (2003), Facebook (2004), Twitter (2006) y sus servicios de correo electrónico correspondientes. Y después dicen que el conocimiento de Internet es conocimiento deslocalizado.

Se construye en diferido realidades discursivas totalmente sígnicas que terminan siendo documentos con menos materialidad que el vapor de la inmanente volubilidad misma, de la desaparición total del otro, del mensaje y de su canal, que de hecho son ontológicamente una ausencia. Lo único que se conserva es el código, la lengua, que va garabateándose y difuminándose en constante cambio en los millones y millones de géneros discursivos que existen hoy en día.

Escuché de un amigo, una mañana luego de una fiesta en una casa, estando todos fisuras, la frase “Internet, man, yo me lo imagino como una bola azul gigante, que gira…azul, rodeada de electricidad”. Y debe tener razón. Es hoy día el dáimon de la comunicación, el fármaco idealmente deslocalizado y universal del colapso de las relaciones comunicativas entre las personas que habitan el mundo. Es otro mundo, EL otro mundo, el mundo que atesora toda nuestra comunicación extraverbal. Es la bola azul del olvido y el recuerdo, de la palabra y su inexistencia, el ying yang de la posmodernidad.