7 de abril de 2012

The Wall Live


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En principio ha de agradecerse a Roger Waters que haya reorganizado y reexpuesto los conceptos del disco y el “baúl de ideas” que era The Wall de una manera más organizada que la película.
El film se destruía solo en su exceso de alegoría, en el mal uso de las arquetípicas y exageradas apariciones tanto figurativas como metafóricas con efectos muy obvios. Todas las ideas (el dictador hiperprolijo y encerado, el profesor deshilachado y psicológicamente obvio, etc.) morían en la infantilidad representativa, víctimas de la hermenéutica lineal. Sin contar, aparte, que las alegorías constituidas se hilaban en un entretejido sin solidez argumentativa más que la tensión acumulativa. El final al que se llegaba era predecible y vacío.
El poderoso espectáculo en vivo se alimenta de una estética más íntegra. Mediante numerosos mecanismos se acentúan e hilan conjuntos sígnicos (imágenes, sonidos, colores) relacionados con cada canción en “momentos perceptivos” diversos. La construcción sígnica parte de dos precetos: redundancia e interrelación

I – Interrelación y redundancia sígnicas
La estética se ancla en grandes temáticas representadas por unidades claras y uniformes. El profesor, la guerra, el autoritarismo, lo marcial, el consumismo por un lado y lo que se opone a todo aquello por otro. Se forma una polaridad bien marcada dominada por la contraposición: si de un lado hay un oprimido empequeñecido o una multitud enardecida, del otro lado aparecen la opresión inhumana o la violencia represiva. El que cumple papel de malo siempre aparece despersonalizado, caricaturizado o cosificado. Las unidades en que se condensan las ideas son claramente distinguibles y familiares:
a-Lo opresor o arbitrario se despoja de toda empatía y se lo muestra actuando sin corazón
b-Lo autoritario toma formas duras y magnánimas
c-Lo consumista aparece iconizado, a la manera de marca registrada.
Estos tres sectores sígnicos son claramente alegóricos, agrupando el primero al profesor, la flor, el juez; el segundo el helicóptero, las armas, los aviones y martillos; el tercero a Shell, Toyota, Coca Cola y M. Benz. A su vez, ellos son representados con estilos pictóricos insertos en el imaginario colectivo: la caricatura expresionista finisecular para el juez y el profesor, el ícono conocido y actual de las marcas, el atuendo militar  con reminiscencia nazifascista, el futurismo en la representación de la guerra.
A su vez, lo cromático es muy fuerte pues negro y rojo son colores muy pregnantes y se unen rápidamente a los movimientos autoritarios del siglo XX. Se presentan geométricamente o bien a modo de fluido (salpicaduras, sangre, petróleo) o fondo (figuras sobre fondo negro o rojo). Siempre interpelan violentamente la visión.  Por su parte el gris se presenta en los momentos melancólicos (“Hey you”, “Is there anybody out there?”, “Confortably Numb”) y empapela el muro y las figuras humanas afectadas por la tristeza. El azul o celeste, por su parte, se usa para caracterizar a las víctimas de la opresión (cerca del final, el muchacho acosado por una figura cambiante e histriónica, que le construye un muro alrededor). Así podemos distinguir dos campos cromáticos: el del opresor (rojo, negro) y el del oprimido (grisáceos, azules). Las palabras y tipografías también se pueden relacionar con esta dualidad poder/víctima.
De esta manera la interrelación entre color, figura y estilo representativo construye anclajes perceptivos que nos muestran con obviedad qué tenemos que ver (violencia, dolor, guerra, etc). La alegoría se presenta como filtro último a la ambigüedad con estereotipos archiconocidos que actúan indicando su función y sus características en cada momento. El profesor castrador será hipercastrador, hiperviolento, los vehículos de guerra serán aún más grandes y más imponentes, el dictador será increíblemente severo, increíblemente inhumano en todo momento, el hombre solo será ultravulnerable. En consecuencia los tipos básicos y elementales se refuerzan con la redundancia sígnica, pues la opresión toma formas múltiples pero claras gracias a referencias culturales, y los oprimidos son los oprimidos de siempre (alumnos, pueblo, humanos, mundo). Todo es fácilmente deducible, ni hace falta saber la historia ni siquiera el idioma inglés. Se construye así un simple producto épico, una gran alegoría simplista del bien y del mal, interrelacionados y en lucha mediante frescos inconexos únicamente unidos por el concepto del muro.

II – Polisemia, espectacularidad y narración
El muro. Toma varios significados según el contexto y los actores que lo rodean, pero puede reducise a tres metáforas más o menos pedorras: El muro interno de un sujeto con la realidad opresora o inalcanzable, el muro entre un gobierno y su ciudadano (o profesor y alumno), y el muro entre dos partes homogéneas (dos sentimientos en una persona, una nación partida en dos, etc.). En la primer metáfora se pone en juego la ambigüedad y la duda, lo inasible; en la segunda aparece la violencia y en la tercera se pone en juego el concepto de arbitrariedad. Estas tres concepciones aparecen en momentos diversos y de maneras distintas en la obra, a veces conectándose y otras contraponiéndose.
Para que este conglomerado de conceptos se maneje libremente sin complicaciones es necesario un manejo básico de la polisemia. El concepto Muro es enormemente variable y simple, ya que evoca: Separación entre cosas, Solidez, Construcción hecha por alguien, Uniformidad y longitud, Dominación, Separación, Desmotivación. Puede aplicarse a cualquier cosa. Forma así una unidad sígnica variable que funciona como leitmotiv y como condensación de elementos negativos (para el ciudadano, alumno, pueblo, etc.).
Esta polisemia no sería nada sin la ayuda de algo más o menos coherente que una estas unidades de significados distintos en grupos o sectores definidos de significados, y para ello acude en auxilio la narración.
La historia es la misma que en la película. Desordenada, inconexa y declamatoria. La relata en.wikipedia.org

Pink, a character based on Waters, whose father was killed during the Second World War is oppressed by his overprotective mother, and tormented at school by tyrannical, abusive teachers.[…] The protagonist eventually becomes a rock star, his relationships marred by infidelity, drug use, and outbursts of violence. As his marriage crumbles, he finishes building his wall, completing his isolation from human contact. Hidden behind his wall, Pink's crisis escalates, culminating in an hallucinatory on-stage performance where he believes that he is a fascist dictator performing at concerts similar to Neo-Nazi rallies, at which he sets men on fans he considers unworthy. Tormented with guilt, he places himself on trial, his inner judge ordering him to "tear down the wall", opening Pink to the outside world. 

Lo que nos deja esta visión son un conjunto de delirios, ocurrencias y conflictos internos que se dan de manera anárquica y nunca se termina de percibir cuál ocurre realmente y cuál no. Pero es útil para llevar el concepto de muro, víctima y soledad a numerosos niveles, que aun lejanos entre sí (guerra, rock, profesor, autoflagelación) están incluidos en la conciencia colectiva de la clase media occidental. Estos conceptos muchas veces conviven y se relacionan pero pocas veces se condensan en ideas u opiniones serias; como en las letras de Calamaro, que incluyen muchos conceptos que todos conocemos pero que nunca se nos ocurre relacionar, y que él pega con el poxirán de la rima.
La historia y la reconstrucción ambiental/contextual son inverosímiles, y a veces se muestran ridículas. Pero se compensan con el despliegue estético sígnico descripto un poco más arriba. Estética que en la película se muestra sola, pelada, a modo de fresco incoherente, tratando de remar lo inremable. En el show, esta misma propuesta se encuentra apoyada, machacada y asistida por la espectacularidad. Que cuenta con un despliegue y estrategias verdaderamente increíbles, sobrebias muchas de ellas, con una calidad de sonido y definición nunca antes vistas.
Pero todo esto no es más que una extensión y complemento de lo desarrollado narrativamente en las proyecciones. Se refuerza y sobreexpone el universo sígnico y las ideas base del conglomerado de conceptos esgrimido para ensordecer al espectador y mover más fácilmente ese conocimiento común de ideas y temas que se tiene en la cabeza (la guerra es mala, la educación es opresora, el rock es lo más) y que se relaciona con el desarrollo del show. No hace falta aclarar que a todo este conjunto de ideas, Waters le imprime una huella personal de “me hago el que me comprometo con la política mundial”, criticando a las grandes marcas, la guerra por causas económicas y las dictaduras disfrazadas de democracia.

III – Espectáculo y alegoría
Titánico es el show. Potente, impresionante. Eso es todo lo poético y creativo que se percibe en el show, que mantiene la vacuidad de la película y la colorea en sonidos surround de gran definición. Eso es lo único que queda de un espectáculo que se despega aún más de la hermosura y potencia de las impecables canciones que tiene el disco The Wall. Nos olvidamos del disco, hacemos una película y después un show inolvidable para darle más énfasis a los espejitos de colores y olvidarnos de la música en sí. Los cuarenta millones de discos le permiten a Waters hacer todo este despliegue, olvidarse de la música y establecer sus dos o tres principios progres con entradas de más de dos mil pesos.
El mensaje “detrás” de la obra es hiper cómodo. Es combatir al imperialismo con una retórica de imágenes que condena a todos los totalitarismos, es deshacerse de la educación para ser libres de las “cadenas de la mente” y las autoridades arbitrarias. No hay mensaje porque no hay retórica real: solo hay un encuentro de opiniones comunes y simples a la que llegamos cada uno de nosotros.
La única actualidad de The Wall es el modo en que se retraduce el concepto base del muro, en temas contemporáneos. The Wall es un espectáculo de tinte moderno en formas y contextos posmodernos.
Primero: la dualidad y la oposición a un gran relato u oponente claro, de intenciones marcadas y acciones predecibles es un concepto moderno. Luchar contra el mal o contra un enemigo inconvencible, sin más vida que su maldad, es moderno. La oposición de dos sectores ontológicamente estables e irreconciliables, un blanco y un negro, es la mayor mentira de la modernidad, desde Platón a Nietzsche. El simplismo de cortar aguas y suponer una lucha épica sin contradicciones y de linealidad casi obligada es lo más modernoso que hay, más cuando se le añaden átomos de simbología modernista (el profesor retrógrado, el estado represor-vigilador distópico, el dictador inhumano, el pueblo y el mundo como campo de batalla).
Segundo: Las ideas, el contexto y el modo de mostrar todo este gran concepto de la épica pueblo-maldad se dan de manera posmoderna, mediante la desconexión lógica de los tópicos, la literalidad declamatoria del mensaje alegórico, la canción de protesta, la inexistencia de un ámbito claro de acción, el uso del pastiche y la ironía representativa y la inespecificidad geográfico temporal. El espectador sin gran esfuerzo puede darse cuenta de los tipos de autoritarismo que se denuncian.

IV – Tommy, Apolo y el arte en serio
Tommy - The Who, 1969
Todo esto no ocurriría sin el ideador de todos estos mecanismos significantes no fuera asimismo de pensamiento simple, lineal y alegórico (y todos los que lo acompañan), como lo es Roger Waters. Él solo quiso mostrar de forma dramático-tragica su universo biográfico (el padre y la guerra, la escuela conservadora, el rock, etc.) ya que es él el gran “creador” de la obra, y el compositor de la mayor cantidad de sus canciones. Roger Waters tuvo con este último show los delirios de grandeza de quien desea imponer al resto su manera de ver el mundo, hilando y exagerando las ideas derivadas de su experiencia de vida. Roger Waters es la fuerza apolínea dentro del rock conceptual/progresivo inglés. ¿Por qué?
Porque es el ideólogo linealista y declamatorio que piensa que su esquema de la verdad es la correcta y universal. Que las cosas están mal por lo que él dice que están mal. Y divide así el mundo entre los que hacen mal y los que pueden hacer bien. Y su estilo es la canción corta con letra clara, música sin grandes innovaciones, estrófica y con rima, de estribillos pegadizos. No es que esto esté mal en sí, sino que es lo único que puede hacer, que quiere hacer, y que hizo cuando estuvo en el control de una banda; su creatividad siempre tuvo un límite.
Roger Waters termina con The Wall su escalada para hacerse cargo del grupo inglés que en ese momento era Pink Floyd sin Barrett. Y por desgracia logró tomar el control, desde los años 80 hasta los 90, cuando la gente se aburrió de las canciones monótonas de Waters y la voz apática de Gilmour.A partir de 1980, todo lo hecho por Floyd es prácticamente dominio de Waters. Y es un bajón. Ochentas aburridísimos. Como esto:

De la comparación entre la excelsa Tommy dirigida por el gran director Ken Russell y el ignoto Alan Parker (director the The Wall, la melosa Melody y la olvidable Evita), la primera gana en creatividad, ambigüedad narrativa, ludismo y propuesta estética, incluyendo además grandes actores en una intensa trama. Se queda lejos del flasheo adolescente pseudodenunciante de Parker, hecha para pibes sin creatividad con ganas de ver algo nuevo pero asible.
De la mediocridad de la película The Wall solo se puede rescatar un divertimento adolescente que mezcla poéticas y estéticas burdamente, construyendo un receptor pasivo en lo narrativo y en lo estético. El espectador se traga todo sin cuestionar, sin pensar, recibe sin elaborar ya que en la película aparecen sus ideas prefijadas de manera un poco más organizadas con un discurso común. El espectador quizás ni siquiera escucho alguna vez el disco.
Opuesto a este insulto a la inteligencia, Tommy provee una performance única e innovadora con un gran gancho narrativo. Canciones exquisitas entrelazadas por una historia más que loca y divertida, quizás hasta con “moraleja” relevante, tratando temáticas para nada cómodas (autismo, adicción, riqueza, soledad).

Si ya viste el show de Waters, despampanante y extenso, alquílate Tommy, gastá diez pesos en una birra y el alquiler, invitá a un@ amig@ y mirátela entera. Porque el arte está ahí, el arte sale diez pesos, no quinientos. El arte aparece y se muestra, no se despliega con bengalitas. El arte es un juego, no un espectáculo.

16 de diciembre de 2011

Quién es la militancia

Rosa Luxemburgo


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Intenté hacer una reflexión desde mi lugar. Yo no soy militante, defiendo varias banderas pero desde un lugar para mí excesivamente cómodo. Desearía encontrar un ámbito que me permita ejercer mi voluntad transformadora, o por lo menos la crítica constructiva. Intenté hacer lo más poético posible un tema por lo demás polémico hoy en día, donde se comienza a redefinir el lugar, papel o espíritu de la militancia, ya desde el kirchnerismo o el trotskismo, en fin desde la militancia política. Mi voluntad es además de recuperar todo lo bello que tiene la actividad y el pensar militante, desenmascarar a los que se dicen o creen militantes y terminan siendo simples conformistas simpatizantes. La militancia es y siempre fue sagrada, una vida a contracorriente que casi siempre desnuda verdades; una vida dedicada y necesariamente colectiva, pública y firme. Militante es el maoísta, el radical, el evangelista. Pero también lo es el hincha a muerte, el militante de derechos humanos, la feminista, el médico y la enfermera humanitarios, el gremialista y el piquetero. 

Cayo y Tiberio Graco


I – Quién es la militancia

La militancia es establecerse en la nostalgia del futuro.
La militancia son un cúmulo de símbolos complementarios e insolubles, la militancia mezcla cantitos y puteadas, rostros y denuncias, equipos de fútbol y marchas inolvidables. Fabrica simbologías y lucha para embellecerlas.
La militancia comprende etapas de composición complejas; pierde amigos y gana referentes. Comienza a frecuentar nuevos sitios, nuevos pensamientos, nuevos sujetos. Cuestiona y lamenta progresivamente a la vez que entiende lo que abandona sin dejar de pensar en la conquista. Y así reconoce su primer sacrificio, renunciando al individuo y perdiéndose en la calle.
La militancia debe, sobre todo, mirar. Establecerse en lo que mira, perderse en lo que ve y negar lo preexistente. Ver en los ojos de los demás, aún de los ciegos. Y ver en lo que ve simplemente todo lo que no se dice, aquello que no necesitada una ornamentada explicación sino una delicada atención. Y con ello, debe acumular furia, una impasible furia.
La militancia es furiosa porque entiende el mundo de otra manera.
La militancia furiosa debe ser tranquila; tranquila e incontrolable, severa e impasible. Convencida. Mientras más rabiosa, más serena será, y no dejará lugar a la duda.
Eso no quiere decir que la militancia no sea crítica. La militancia es necesariamente siempre crítica, crítica del mundo, es ese espacio entre lo real y lo impuesto. Es ese grito, ese dedo índice lleno de pensamiento que odia a la muerte, al hambre y al injusto. La crítica es solo un sistema de reflexión, pero militar es un sistema parcial de crítica orientado al pensar y al hacer.

Mariano Ferreyra

La militancia muere criticando. Porque la militancia es presente continuo, nunca acaba porque se apodera del cuerpo humano a modo de alma y sangre. No duerme mucho, pero cuando duerme sueña.
La militancia defiende y ofende, se reinventa y se premia. Porque es un ser vivo, y tiene sus grandes defectos y necesidades. Toma birra en la facultad, engulle choris en una plaza, hace ollas populares, se junta a tomar café barato en algún bar, toma mates en casa de un amigo opositor. La militancia cocina para los otros y se acuesta última, porque cuida del mundo antes de cambiarlo, para poder cambiarlo.
La militancia niega porque el mundo mismo la niega.
La militancia afirma porque se opone a la oposición.
La militancia no es partidaria, es solo un hálito de voluntad que se manifiesta de infinitas maneras en numerosos espacios.
La militancia no es virgen, nunca lo fue: vive entre el alcohol y el amor galante y no descansa verdaderamente en ningún lecho. El sexo de la militancia es malo, pero desesperado y cariñoso como el dulce de leche del churro.
La militancia siempre se ofende, pero siempre se ríe. Y siempre con buenas intenciones. No siempre es humilde, pero ama al humilde y odia al soberbio, cual espécimen bíblico.
Ama al apolítico y los chistes negros y los ácidos también. Mira cha cha cha o The Big Bang Theory, telenovelas mexicanas y ama a Alakrán.
La militancia se vanagloria de sus triunfos y minimiza sus derrotas. Aprende de sus tropiezos y enseña con su ganancia. Y cuando gana divide necesariamente aguas, sin odio pero sin pena. La militancia no tiene pena.

Jane Goodall

La militancia se alimenta de instinto, intuición. Yo diría que es puro instinto y maña.
La comprensión de la militancia no es histórica. Es forzosamente actual y continua, porque lucha a la vez que comprende.
La enseñanza de la militancia es simple y completa, pero debe aclarar siempre que deja resquicios y totaliza realidades. Porque la enseñanza es un proceso y no todos los que aprenden serán militantes. La militancia debe ser sincera.
La militancia tiene todas las religiones aunque no las profese, porque tiene que adaptarse y entender (ver y mirar) antes que imponer. El que impone desangra. Desangra tradiciones, personas, ideas o templos. La militancia no tiene apuro en imponerse.
Porque la militancia es paciente. Madura. Histérica y empática. Hermosa, idealista y humana. Y nada la puede cambiar salvo el poder, el dinero y el fanatismo (hasta los mejores caen). La militancia todavía es joven, como siempre fue. Es plural, es en plural y sincera, y tan imperfecta como se pueda; pero cuanto más se tropieza, más crece.

Alfredo Lorenzo Palacios

II – Sobre la militancia careta

Hay otra militancia. La hipócrita e irreflexiva. Esa que podés derrumbar con dos argumentos y medio. Esa no es la militancia.
Para empezar, el que tiene BlackBerry o celular de más de 400 pesos no es un militante. El militante no necesita usar wifi para comunicarse por facebook  o visitar wikipedia en cualquier lado. El militante manda mensajes para un asado, para averiguar direcciones o invitar a salir gente hot o no tanto.
El militante no se limita a dorar mitos o íconos paganos/religiosos o a hacer flamear banderas. El militante idolatra con hechos, no con simpatías. Se compromete y debe admitir críticas y errores desde una posición sólida. No puede contestar “lo vas a votar a ese??” o “yo pienso distinto” o “aguante tal porque sí”; ni entonar cantitos en fiestas para demostrar que se la re banca.
El militante no cobra. No lo acomodan en ningún puesto ni le retribuyen lo que hace. Porque lo que hace lo juzga natural, lo hace con el corazón, la mente y los huevos/ovarios, y si está donde está es porque se rompió el orto y se lo ganó. De entre sus pares, en una lucha y acuerdo entre iguales. Los acomodaditos no son militantes, son pelotudos, vagos y nenes de mamá. Taraditos.

Toussaint Louverture

El militante estudia. Lo que sea y como sea. No tiene por qué ser un universitario ni estudiar historia, química, o hacer un profesorado. Se ilustra de cualquier manera, sacándole agua a las piedras, porque aprende de todo y busca comprender siempre. El que no lee el diario regularmente nunca militó, ni siquiera empezó a militar.
El miltante discute cara a cara, en internet, en clase, en la fiesta y en el partido, donde sea y donde pinte. No es una máquina de cantitos ni un expendedor de reproches. Tampoco se pasa la vida discutiendo o hablando; porque piensa seriamente, alterca seriamente. Aunque pierda, lo desestimen o no tenga argumentos. También sabe admitir errores.
El militante respeta o intenta respetar. Porque no se define ontológicamente “por oposición a” o negando al otro, porque el otro es igual a él pero en otro camino. No puede dejar de diferenciarse, pero debe construirse en base al otro, pensarlo y discriminar políticamente.
El militante debe intentar amar todo el arte, y no sacralizar ninguno. Ni el popular, ni el religioso, ni el masivo, ni el académico, ni el externo. Porque el arte es un ámbito de performación y lucha, y nunca se sabe qué saldrá de él.
El militante debe salir de joda. No es amargo. No hace falta que tome alcohol o salga a boliches. Debe socializar lo más que pueda, ver gente que aprecia o no tanto. Porque además así consigue sexo; el militante no debería ser frígido.

Cristina Elisabet Fernández de Kirchner

III - Al pensamiento crítico

Màs que una arenga, es un llamado de atención. En una discusión entre David Viñas y Cristina Fernández en el año 2000 la actual presidenta de la nación se diferenció de su interlocutor diciendo que ella era una militante, y que su deber era cambiar la realidad. Desde el pensamiento crítico Viñas se situaba en una posición cauta y pesimista, defensiva y contemplativa.
Nada sirve si no es crítico. Intelectualidad y política tienen una relación compleja pero necesaria. Intelectualidad hablando de manera amplia, porque al fin y al cabo la política trabaja en una fundidora de símbolos y conceptualizaciones que constantemente redefine (la figura del desaparecido con Néstor Kirchner, la Evita Capitana de los Montoneros, el Instituto Nacional de Revisionismo Històrico, etc.) y que es necesario pasar bajo el microscopio de una evaluaciòn no conciliadora, no complaciente.
Las teorías críticas nunca son complacientes. Theodor Adorno, Immanuel Kant, Luis Alberto Romero, John Berger, Karl Marx, son unos pocos de los miles críticos eternos y de los más hábiles y complejos que existen. Dentro del sistema dialéctico, ontológico, histórico o idealista buscaron interpretar la realidad y verla como un conjunto de actores y situaciones esencialmente lógicas; con gran habilidad llegaron a conclusiones más coherentes que la misma realidad.

Ramón Carrillo

Pero en algún momento el pensar crítico se choca o se queda corto con la vida. Se consume en la impotencia o el pesimismo de la manera más sana y loable posible, pero negativamente al fin. Se consuma en derrota y en augurio.
Llega a negar partes importantísimas de lo real, por sana omisión, odio clasista/académico o hartazgo. Y así Adorno se equivocó con la música popular, Kant con la universalidad del idealismo y el republicanismo, Romero con la excesiva importancia dotada a la mentalidad en lugar del acto y la acción política. Berger y Marx se equivocaron muy poco, esos no se tocan, eh. Es en ese momento en que el crítico debe recapacitar y lanzarse a la lucha política, ocupar tribunas. Como Slavoj Zizek, Thomas Jefferson, Domingo Sarmiento o Vladimir Uliánov. Los críticos que se quedan en sus casas solo se recuerdan en la Universidad.

Camila Antonia Amaranta Vallejo Dowling
Las fotos no expresan ningún orden de mérito o prioridad.
Comente los ejemplos de militantes que le gusten. Un besito en el pupo.